martes, 29 de diciembre de 2009

A Muppet Family Christmas



Apenas 10 minutos de uno de los mejores shows de la historia de la televisión que me sirven para felicitaros las fiestas a todos, entre risas y con los mejores deseos para el año próximo.
See you in 2010 folks!

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Penguin

Dudo que en la historia de los logos haya alguno mejor que éste. Cuando en 1935 Allen Lane dijo a sus empleados que quería un símbolo «elegante pero poco serio», su secretaria pensó en un pingüino, y en seguida Lane mandó a alguien al zoo de Londres para que dibujara unos esbozos. Cuánta razón y qué acierto. 70 años después Penguin sigue siendo una de las marcas más reconocidas del mundo.

El creador de la primera versión del logo fue Edward Young, un joven oficial de 21 años a quien también debemos el diseño de la triple franja de color tan característica de los paperbacks, otra de las claves para el éxito de la editorial. El color de las franjas superior e inferior indicaba la colección o el género al que pertenecía el libro, mientras que la franja central quedaba en blanco reservada para mostrar el título y el nombre del autor en una tipografía sans serif de Eric Gill. Así tenemos el naranja para ficción, el verde para novela negra, el cereza para viajes y aventuras, el azul oscuro para biografías, el rojo para teatro, el púrpura para ensayo…

A lo largo de su historia el logo ha sufrido varias actualizaciones (como la aclamada versión de Jan Tchichold en 1948) hasta hoy día, que se ha adaptado a los distintos usos propios de la era digital. De todas formas, como se indica en la web corporativa, el pingüino siempre debe aparecer en la misma posición, dentro del óvalo color naranja (exactamente el Pantone® 1505) y siempre siempre mirando a la izquierda. No vayamos a olvidar que la clave del éxito de Penguin fue ofrecer gran literatura a pequeños precios —un libro por el precio de un paquete de cigarrillos— para gusto y disfrute de la gran masa.

En 1935, si querías leer un buen libro, o bien tenías dinero o debías tener una tarjeta de préstamo en una biblioteca. Así fue hasta que llegó Allen Lane. Tras un fin de semana con Agatha Christie en Devon, se encontró en la estación de tren de Exeter, aburrido y sin un libro entre las manos. Y sobre todo, sin la posibilidad de adquirir uno de interés por los alrededores. De esa necesidad nació Penguin, la editorial que revolucionó el sector editorial, democratizando la alta literatura y llevando el libro a establecimientos como gasolineras, estaciones de tren, estancos y grandes superficies.

En 1937 Penguin estrenó nuevas oficinas cerca del aeropuerto de Heathrow y empezó a expandirse, gracias a la serie Penguin Shakespeare y al nuevo sello del pelícano dedicada a libros de no ficción. Llegaron los 60 y tras un duro proceso contra la censura del puritanismo, Penguin vendió más de 2 millones de ejemplares en seis semanas, repito, más de 2 millones de ejemplares en seis semanas, de El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence. La controversia llegó de nuevo en los 80, con la publicación de los Versos satánicos de Salman Rushdie, y en los 90, con Estúpidos hombres blancos de Michael Moore.

Penguin fue la primera editorial en tener página web y la primera en abrir una tienda de descarga de libros electrónicos. Hoy día tiene oficinas en quince países —empezando en los Estados Unidos en 1939 hasta Penguin Irlanda, inaugurada en 2003— y tiene un catálogo vivo de más de 5.000 títulos. ¿Quién llamó patosos a los pingüinos?

jueves, 17 de diciembre de 2009

Peter Beard

Podríamos calificar a Peter Beard de muchas formas: aventurero, vividor, fascinado por África, personaje ilustre de la cultura, uno de los mejores fotógrafos de este siglo… Pero lo cierto es que sus fotografías, sus diarios y su estilo de vida escapan a todas las definiciones posibles. Siempre ataviado con sus sandalias africanas y pantalones de pintor de brocha gorda, luce moreno de la selva, y con un porro en una mano y una Coca-Cola en la otra, habla incansablemente de elefantes moribundos, cocodrilos descuartizados, leones hambrientos, sangre, tierra, polvo y mujeres.

Todo empezó en 1961 cuando leyó por primera vez Memorias de África de Karen Blixen. Ya nada volvió a ser igual. Cerró el libro y sin titubeos cogió un avión, se fue a África, conoció a su autora y compró una granja en las inmediaciones de Nairobi para entregarse de lleno a sus dos pasiones: la fotografía y la vida salvaje.

Ha vivido con un pie en África y el otro en la civilización, y cuando se hartaba de su rancho se iba a Nueva York, se vestía de camaleón y bailaba en Studio 54 en compañía de Truman Capote, colaboraba con Andy Warhol y Francis Bacon, acompañaba a su amigo Mick Jagger en su gira mundial con los Rolling Stones, rodaba una película experimental con Salvador Dalí (Major Accidents) o conversaba con Picasso, quien en agosto de 1964 le dio uno de sus mejores consejos: «Si quieres pintar una mesa, pinta una silla».

En Nueva York tuve la suerte de visitar varias veces el espacio que su mentor y amigo Peter Tunney le cedió en SoHo para exponer sus trabajos. El montón de fotografías, collages, dibujos, diarios, libros y recuerdos cosificados son muestra evidente que definir a Beard como «fotógrafo» es del todo insuficiente. Cruzar la puerta de la galería significaba dejar atrás el olor dulzón de los hot dogs del nuevo mundo para perderse por la selva africana del más antiguo, respirar el polvo de la tierra y sentir el paladar seco, irisar la mirada con enormes escarabajos verdes y mariposas multicolor, sufrir con el tacto áspero y doloroso de los despojos de un cocodrilo.

Las páginas de sus enormes diarios (que escribe desde que tenía once años), están cubiertas de fotografías y salpicadas de mensajes telefónicos, tinta china, recortes de periódicos, hojas secas, insectos, dibujos, objetos, citas y a menudo su propia sangre, destilando gota a gota la esencia de los olores, colores y sabores del Hog Ranch en Nairobi, el lugar que alienta su indomable espíritu creativo y aventurero, «mitad Tarzán, mitad Lord Byron».

A sus 71 años, sigue fiel a la consigna del wild side: sexo, drogas, mujeres y rock'n'roll, y a su disciplina de trabajo en su estudio del SoHo, esparciendo sangre de buey sobre una foto descomunal y amarillenta de un elefante abatido. Hace tiempo que no viaja a África, pues le causa demasiado dolor observar cómo se están destruyendo millones de años de historia natural. Con su arte y su persona, Peter Beard nos transmite en un susurro incansable un mensaje claro como el agua del Ukerewe: «The time is always now. The time is always now. The time is…».

[Dedicado a Lily Hing y a todos aquellos para quienes los árboles son su religión]

martes, 8 de diciembre de 2009

Los Lamed Wufniks

«Hay en la tierra, y hubo siempre, treinta y seis justos cuya misión es justificar el mundo ante Dios. Son los Lamed Wufniks. No se conocen entre sí y son muy pobres. Si un hombre llega al conocimiento de que es un Lamed Wufnik muere inmediatamente y otro, acaso en otra región del planeta, ocupa su lugar. Constituyen sin sospecharlo los secretos pilares del Universo. Son nuestros salvadores y no lo saben.»

Éste es un fragmento de El libro de los seres imaginarios de Jorge Luis Borges, donde hace una recopilación de seres extraños que han surgido de la invención humana. En esta ocasión se refiere a una vieja tradición talmúdica que dice que en cada generación hay treinta y seis justos de los que depende la existencia del mundo. Estos Justos Ocultos son anónimos, y si desapareciese su anonimato, característica inherente a su ser, ya no serían nada. Ellos no son héroes mitológicos, deidades paganas ni fuerzas sobrenaturales, son simples seres humanos que nos enseñan la manera apropiada de actuar con bondad, justicia y humildad en el mundo, y así, perfeccionarlo.

Y os preguntaréis, ¿por qué treinta y seis? Bien, hay varias teorías… Quizás porque doce son las tribus de Israel y tres son los rezos diarios… O bien porque el círculo del firmamento es de 360º, dividido en 36 secciones, cada una de diez días… Sea como fuere, quería compartir con vosotros un poema precioso que Borges, gran estudioso de la Cábala, dedicó a "Los justos".

Y si sois uno de ellos, os doy mis más sinceras gracias.

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Philip Glass

Señoras y señores, con ustedes: Philip Glass, compositor estadounidense de música minimalista. Así reza Wikipedia, pero él siempre ha rechazado este adjetivo, definiéndose a sí mismo como un compositor de música con estructuras repetitivas. Qué maldición y manía la nuestra de tener siempre que poner etiquetas… Las categorías suponen cierta aniquilación, y más para un músico tan polifacético.

Nació en Baltimore en 1937, y de pequeño, tras el mostrador de la tienda de discos de su padre, envenenó su oído, irremediablemente y para placer de muchos, escuchando todos aquellos discos offbeat que nunca se vendían. Estudió música desde los 8 años, pero se graduó en matemáticas y filosofía en la Universidad de Chicago. Siguió sus estudios musicales, pero no encontraba su lugar en el establishment así que a los 23 se fue a Europa para estudiar con Nadia Boulanger (maestra también de Aaron Copland, Virgil Thomson y Quincy Jones) y trabajar con el compositor y virtuoso del sitar Ravi Shankar, quien le influenció de forma definitiva.

En 1967 regresó a Nueva York, reforzado, renovado y dispuesto a comerse el nuevo mundo, desmarcándose ya por completo con su propio grupo, el Philip Glass Ensemble. Los 70 fueron muy duros, le tomaban por loco y conseguir apoyo económico no estaba a su alcance, así que tuvo que trabajar como taxista y fontanero a la vez que componía e interpretaba gratis o a cambio de pequeñas donaciones en tugurios del lower Manhattan para un grupo fiel y creciente de seguidores, jóvenes compositores, escritores y artistas que jamás habían oído nada igual. El propio Glass comentaba que cuando alguien del público se quedaba hasta el final, le invitaban a cenar… Su música, extremadamente repetitiva, austera y exigente, no le ayudaba. Pero está cargada de veneno y es contagioso, hay quienes la escuchan por primera vez y se vuelven fanáticos. Considerad esto una advertencia.

El grupo fiel fue aumentando, y Glass empezó a tocar en museos y en galerías de arte, hasta que llegó Robert Wilson y su oferta de colaboración para la ópera experimental Einstein on the Beach, y allí se abrió la caja de Pandora. Se presentó en el Metropolitan Opera en 1976 y ya nada volvió a ser igual. A principios de los 80 dulcificó su estilo y gracias a colaboraciones con artistas como Mike Oldfield, Paul Simon o David Bowie y sus composiciones para bandas sonoras (El Show de Truman (imperdible), Mishima, Kundun o Las horas), empezó a ser conocido en círculos más amplios, siempre claro está, dentro de la cultura musical alternativa.

Fue en los 90 cuando adquirió fama universal y cierto status de genio, quizás gracias a su previa colaboración en la película experimental Koyaanisqatsi, que supuso toda una revolución en la composición musical comparable a la que en su día supuso Fantasía. Desde entonces, su música se ha ido alejando cada vez más del minimalismo y de sus planteamientos personales iniciales para llegar a posturas más comerciales y llenas de clichés «glasianos», como sus característicos arpegios o transiciones tonales.

La polémica sigue viva, pues hay quienes le consideran uno de los músicos más influyentes del siglo XX, en tanto otros le cuestionan por falta de rigor y consideran su música empalagosa y superficial. Sea como fuere, dejemos la opinática y ciñámonos a los hechos, Philip Glass ha causado un gran impacto musical e intelectual en su tiempo, siendo el único compositor que cuenta con una audiencia multigeneracional que llena auditorios, ya se trate de una de sus veinte óperas, ocho sinfonías, dos conciertos de piano, conciertos para violín, piano, saxo, timbales, órgano, cuartetos de cuerda, bandas sonoras o composiciones para música popular, teniendo éxito en todo, y a la vez.

Su música es de las que deja margen al oyente. No hay una sola audición igual, depende de la hora, del día, de la luz, de nuestro glass eye… Él te muestra un lienzo, un paisaje, y tú acabas de llenarlo, de ponerle tu impronta, sabiendo que ese momento es único, pues mañana, cuando la escuches de nuevo, quién sabe qué pasará.

Escuchar su música es buscar con premeditación y alevosía cierto tormento. Querer sacudirnos el polvo acumulado y recibir una descarga que nos dejará ebrios durante un rato para pasar luego a una sensación de libertad y ensoñación, como cuando te arrastran las olas en verano y no puedes/no quieres alcanzar la orilla. Así que, please, raise your glasses to our guest.