jueves, 17 de diciembre de 2009

Peter Beard

Podríamos calificar a Peter Beard de muchas formas: aventurero, vividor, fascinado por África, personaje ilustre de la cultura, uno de los mejores fotógrafos de este siglo… Pero lo cierto es que sus fotografías, sus diarios y su estilo de vida escapan a todas las definiciones posibles. Siempre ataviado con sus sandalias africanas y pantalones de pintor de brocha gorda, luce moreno de la selva, y con un porro en una mano y una Coca-Cola en la otra, habla incansablemente de elefantes moribundos, cocodrilos descuartizados, leones hambrientos, sangre, tierra, polvo y mujeres.

Todo empezó en 1961 cuando leyó por primera vez Memorias de África de Karen Blixen. Ya nada volvió a ser igual. Cerró el libro y sin titubeos cogió un avión, se fue a África, conoció a su autora y compró una granja en las inmediaciones de Nairobi para entregarse de lleno a sus dos pasiones: la fotografía y la vida salvaje.

Ha vivido con un pie en África y el otro en la civilización, y cuando se hartaba de su rancho se iba a Nueva York, se vestía de camaleón y bailaba en Studio 54 en compañía de Truman Capote, colaboraba con Andy Warhol y Francis Bacon, acompañaba a su amigo Mick Jagger en su gira mundial con los Rolling Stones, rodaba una película experimental con Salvador Dalí (Major Accidents) o conversaba con Picasso, quien en agosto de 1964 le dio uno de sus mejores consejos: «Si quieres pintar una mesa, pinta una silla».

En Nueva York tuve la suerte de visitar varias veces el espacio que su mentor y amigo Peter Tunney le cedió en SoHo para exponer sus trabajos. El montón de fotografías, collages, dibujos, diarios, libros y recuerdos cosificados son muestra evidente que definir a Beard como «fotógrafo» es del todo insuficiente. Cruzar la puerta de la galería significaba dejar atrás el olor dulzón de los hot dogs del nuevo mundo para perderse por la selva africana del más antiguo, respirar el polvo de la tierra y sentir el paladar seco, irisar la mirada con enormes escarabajos verdes y mariposas multicolor, sufrir con el tacto áspero y doloroso de los despojos de un cocodrilo.

Las páginas de sus enormes diarios (que escribe desde que tenía once años), están cubiertas de fotografías y salpicadas de mensajes telefónicos, tinta china, recortes de periódicos, hojas secas, insectos, dibujos, objetos, citas y a menudo su propia sangre, destilando gota a gota la esencia de los olores, colores y sabores del Hog Ranch en Nairobi, el lugar que alienta su indomable espíritu creativo y aventurero, «mitad Tarzán, mitad Lord Byron».

A sus 71 años, sigue fiel a la consigna del wild side: sexo, drogas, mujeres y rock'n'roll, y a su disciplina de trabajo en su estudio del SoHo, esparciendo sangre de buey sobre una foto descomunal y amarillenta de un elefante abatido. Hace tiempo que no viaja a África, pues le causa demasiado dolor observar cómo se están destruyendo millones de años de historia natural. Con su arte y su persona, Peter Beard nos transmite en un susurro incansable un mensaje claro como el agua del Ukerewe: «The time is always now. The time is always now. The time is…».

[Dedicado a Lily Hing y a todos aquellos para quienes los árboles son su religión]

3 comentarios:

Lily dijo...

The quick lens of memory...13 febrero 2001: A gray day in NYC & I went to see Olga to give her a birthday present ( a marrons glaces box painted & varnished & filled with an old Paris post card & bits of sea glass from Maine)... Wandered into the gallery on Broome Street (The Time is Always Now) & looked at Peter Beard's collages and thought of the sun & faraway places... I heard someone come in the door, whistling, and He came up beside me and spoke. He had just come from Africa and had scribbled forget- me- nots on his cuffs. We traded shipwreck stories and then He gave me a book. His presence was enormous , like an elephant or a baobab.
PS I'm going to carve the name OLGA on the old magnolia tree out back.

ea! dijo...

els facsímils dels seus dietaris són fenomenals, em sorprenia veure el mix de topmodel i rinoceront!

carina dijo...

Impresionante relato!
Carina