miércoles, 2 de diciembre de 2009

Philip Glass

Señoras y señores, con ustedes: Philip Glass, compositor estadounidense de música minimalista. Así reza Wikipedia, pero él siempre ha rechazado este adjetivo, definiéndose a sí mismo como un compositor de música con estructuras repetitivas. Qué maldición y manía la nuestra de tener siempre que poner etiquetas… Las categorías suponen cierta aniquilación, y más para un músico tan polifacético.

Nació en Baltimore en 1937, y de pequeño, tras el mostrador de la tienda de discos de su padre, envenenó su oído, irremediablemente y para placer de muchos, escuchando todos aquellos discos offbeat que nunca se vendían. Estudió música desde los 8 años, pero se graduó en matemáticas y filosofía en la Universidad de Chicago. Siguió sus estudios musicales, pero no encontraba su lugar en el establishment así que a los 23 se fue a Europa para estudiar con Nadia Boulanger (maestra también de Aaron Copland, Virgil Thomson y Quincy Jones) y trabajar con el compositor y virtuoso del sitar Ravi Shankar, quien le influenció de forma definitiva.

En 1967 regresó a Nueva York, reforzado, renovado y dispuesto a comerse el nuevo mundo, desmarcándose ya por completo con su propio grupo, el Philip Glass Ensemble. Los 70 fueron muy duros, le tomaban por loco y conseguir apoyo económico no estaba a su alcance, así que tuvo que trabajar como taxista y fontanero a la vez que componía e interpretaba gratis o a cambio de pequeñas donaciones en tugurios del lower Manhattan para un grupo fiel y creciente de seguidores, jóvenes compositores, escritores y artistas que jamás habían oído nada igual. El propio Glass comentaba que cuando alguien del público se quedaba hasta el final, le invitaban a cenar… Su música, extremadamente repetitiva, austera y exigente, no le ayudaba. Pero está cargada de veneno y es contagioso, hay quienes la escuchan por primera vez y se vuelven fanáticos. Considerad esto una advertencia.

El grupo fiel fue aumentando, y Glass empezó a tocar en museos y en galerías de arte, hasta que llegó Robert Wilson y su oferta de colaboración para la ópera experimental Einstein on the Beach, y allí se abrió la caja de Pandora. Se presentó en el Metropolitan Opera en 1976 y ya nada volvió a ser igual. A principios de los 80 dulcificó su estilo y gracias a colaboraciones con artistas como Mike Oldfield, Paul Simon o David Bowie y sus composiciones para bandas sonoras (El Show de Truman (imperdible), Mishima, Kundun o Las horas), empezó a ser conocido en círculos más amplios, siempre claro está, dentro de la cultura musical alternativa.

Fue en los 90 cuando adquirió fama universal y cierto status de genio, quizás gracias a su previa colaboración en la película experimental Koyaanisqatsi, que supuso toda una revolución en la composición musical comparable a la que en su día supuso Fantasía. Desde entonces, su música se ha ido alejando cada vez más del minimalismo y de sus planteamientos personales iniciales para llegar a posturas más comerciales y llenas de clichés «glasianos», como sus característicos arpegios o transiciones tonales.

La polémica sigue viva, pues hay quienes le consideran uno de los músicos más influyentes del siglo XX, en tanto otros le cuestionan por falta de rigor y consideran su música empalagosa y superficial. Sea como fuere, dejemos la opinática y ciñámonos a los hechos, Philip Glass ha causado un gran impacto musical e intelectual en su tiempo, siendo el único compositor que cuenta con una audiencia multigeneracional que llena auditorios, ya se trate de una de sus veinte óperas, ocho sinfonías, dos conciertos de piano, conciertos para violín, piano, saxo, timbales, órgano, cuartetos de cuerda, bandas sonoras o composiciones para música popular, teniendo éxito en todo, y a la vez.

Su música es de las que deja margen al oyente. No hay una sola audición igual, depende de la hora, del día, de la luz, de nuestro glass eye… Él te muestra un lienzo, un paisaje, y tú acabas de llenarlo, de ponerle tu impronta, sabiendo que ese momento es único, pues mañana, cuando la escuches de nuevo, quién sabe qué pasará.

Escuchar su música es buscar con premeditación y alevosía cierto tormento. Querer sacudirnos el polvo acumulado y recibir una descarga que nos dejará ebrios durante un rato para pasar luego a una sensación de libertad y ensoñación, como cuando te arrastran las olas en verano y no puedes/no quieres alcanzar la orilla. Así que, please, raise your glasses to our guest.

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