viernes, 5 de noviembre de 2010

Glenn Gould

Bach me apasiona, desde siempre. Es delirante, y dejarte mecer por sus cadencias te lleva a paisajes jamás imaginados, paisajes que todos llevamos dentro y a los que sólo llegamos a través de la música. Pero Bach además me llevó a Glenn Gould. Recuerdo perfectamente el momento: Nueva York, una helada tarde de febrero hace ya 9 años (ostras), en casa de unos amigos en Williamsburg, bebiendo vino caliente y de fondo esa música… Me hablaron de Gould y de su magia, y en ese mismo instante pasé a engrosar la lista de los fanscinados por su extraordinaria forma de entender la música, que ha dado tanto que hablar (Thomas Bernhard y su El malogrado (1983), el documental Les Variacions Gould (1992), la película Thirty Two Short Films About Glenn Gould (1993) y un largo etcétera). Y si finalmente el cargamento de la Voyager 1, compuesto por «muestras representativas de actividad humana», entre ellas una grabación de Gould del preludio y fuga nº. 1 del clave bien temperado de Bach, hubiera llegado a destino cumpliendo así su misión, es decir, entrar en contacto con vida extraterrestre, seguro seguro que los hombres de verde hubieran caído rendidos a sus manos. ¿Os imagináis la escena?

Yo estudié piano muchos años, y ver a Glenn Gould pasarse por el forro todas las convenciones y academicismos es un verdadero placer. Sobre todo en lo que afecta a sus músicos predilectos, Schoenberg y Bach. En el conservatorio querían que todos los alumnos tocáramos Bach de la misma forma. Respeto absoluto por los tempos, por la forma de apoyar las manos, por los pedales… Y eso, señores, es pecado, con cualquier interpretación, pero con Bach más que con nadie. Gould viajaba por libre, unos le odiaban y otros le adoraban, pero todos coincidían en una cosa, su genialidad.

Nació en Toronto en el seno de una familia de músicos. De hecho, fue su madre quien le sentó al piano la primera vez y quien le enseñó a tocar, hasta que a los diez empezó a asistir a clase en la Royal Conservatory of Music. A los 13 años dio su primer concierto (al órgano) y su primera aparición con orquesta fue al año siguiente, junto a la Orquesta Sinfónica de Toronto. En 1947 hizo su primera actuación pública y en 1955, a los 23 años, ya era una celebridad a nivel mundial, alimentada por su particular visión de la música, su iconoclasia y sus excentricidades personales.

Pues sí… Menudo personaje. Estaba cargado de manías. Se presentaba en el escenario con mitones, abrigo y bufanda, independientemente del calor que hiciera, acarreando su propia silla desvencijada de madera con respaldo y casi sin asiento, con las patas recortadas que apenas le dejaban levantar un palmo de nariz por encima del teclado. Durante las grabaciones a menudo se oye su propia voz, cantando, hablando, murmurando vete a saber qué. Yo creo que habla con Bach, si es que eso es síntoma del síndrome de Asperger. Sólo tocaba con su piano, y se lo llevaba «a cuestas» costara lo que costara; mantenía su vida privada con sumo recelo, aunque se sabe que a pesar de su fortuna, vivía en un modesto apartamento junto a su estudio, casi siempre solo, pues dijo «el aislamiento es sin duda la única forma de alcanzar la felicidad». Trabajaba sin cesar, grabando para la radio (medio que le apasionaba), actuando para televisión, dando conferencias, escribiendo, etc. De hecho, se autodefinía como «un escritor canadiense, compositor y locutor a quien da la casualidad que, en sus ratos libres, le gusta tocar el piano».

En 1964 anunció su retirada, justo cuando era una auténtica figura internacional. ¿Por qué? Porque detestaba el directo; de hecho elegía sus conciertos con sumo recelo (apenas ofreció 40 conciertos al otro lado del Atlántico). Gould fue un músico de estudio y un precursor en el uso de las técnicas digitales aplicadas a la música clásica, llegando a ser un verdadero experto. Rompió moldes (bendito él), pues con su método dejaron de estar claros los límites que separaban el papel del compositor, el del intérprete y el de la audiencia. Cada grabación la preparaba minuciosamente, y nunca regrabó nada, con la excepción de las Variaciones Goldberg, cuya primera versión grabó en 1955, al inicio de su carrera, y la segunda en 1982, poco antes de morir, con 50 años y de un infarto cerebral…

Esa fatal noche a Gould le explotó la cabeza por un exceso de música. A veces, poquitas, cuando escucho las Variaciones Goldberg, un escalofrío recorre mi columna, pues pienso que si las escucho muy muy intensamente, también me va a explotar la cabeza a mí. Así que siempre las pongo de «fondo» y me aplico en otra cosa...

¿Tienes miedo de alguna música tú?

sábado, 14 de agosto de 2010

Monoï de Tahití

He aquí un producto estrella, indispensable en mis días de verano y según leo indispensable también para generaciones de mujeres polinesias.

Hace siglos, los Maoríes decidieron unir, mediante la técnica francesa del enfleurage, la flor de tiaré y los cocoteros, los dos productos más representativos de la Polinesia, para crear el monoï, el aceite de coco refinado y multiusos. Lo usaban como cosmético, para masajes, como remedio para picaduras y dolores de cabeza, para purificar objetos sagrados y ofrendas… Con el monoï untaban a sus recién nacidos para protegerles de la deshidratación y de las picaduras de mosquito, y así despedían a sus muertos, embalsamándoles también con monoï para que se llevaran al otro mundo el olor de su hogar y de su familia.
 
Reúne las tres Bs y huele  i n c r e í b l e m e n t e  bien. Su consistencia oleaginosa se absorbe en seguida, y te hidrata la piel y el pelo y los protege del Sol gracias a sus filtros UVA+UVB. También es un excelente aceite de masaje o para el baño, y un acondicionador capilar. Y en la playa, bajo el Sol ardiente y delante del mar, te untas y le untas, y su aroma hace que te sientas toda una vahiné en Tahití, rodeada de palmeras y conchas, como en un cuadro de Gauguin. 

viernes, 30 de julio de 2010

Campari

Hay bebidas y hay Campari. Fan incondicional desde el primer trago hace años y gracias a un italiano (oh Alessandro, te adoro), la amargura del Campari no es para cualquiera. Para mí, sin duda.
Campari además es fruto de una auténtica pasión italiana, con una historia detrás que quita el hipo y es perfecta para una película dirigida por Tom Ford. Situémonos. En 1860, el joven Gaspare Campari, maestro licorista, inventó un nuevo licor, Rosa Campari, una infusión de hierbas, plantas aromáticas y frutas maceradas en alcohol y agua, que pronto se convirtió en la bebida favorita de la élite turinesa. Siguió inventando nuevas bebidas, todas amargas y digestivas, hasta que un buen día, por un porque sí, hace una cata antes de almorzar y no después. Ahí nace Campari, tal y como lo conocemos hoy, y una nueva costumbre popular y maravillosa, el aperitivo.
Una terrible tragedia en la que pierde a su mujer y sus dos hijos le lleva a Milán, donde se casa en segundas nupcias y abre el refinado Café Pasticceria Campari en 1867. Hasta aquí el drama. ¿Y la pasión? Veréis... Para la primera campaña de publicidad de la marca, el joven artista Davide hace un retrato de Lina Cavalieri, una cantante de ópera de la que se enamora perdidamente. Lina está de gira mundial y Davide, embrujado, la persigue por toda Europa. El amor le lleva a Paris, y allí convence a Gaspare para abrir el primer depósito de exportación. Pero Lina acaba su gira y se marcha a Moscú, donde se casa con el príncipe Soasa Bariatinskij. Nuestro pobre artista la persigue de nuevo con la excusa de abrir allí la segunda área de exportación. Tras un año de matrimonio, Lina se divorcia y embarca rumbo a Nueva York, donde compartirá cartel con el Gran Caruso y vivirá un segundo matrimonio de tan sólo siete días con un multimillonario, claro. Y claro también, Campari ya tiene otra base de operaciones en Estados Unidos… ¿Hace falta que siga?
Campari es una bebida alcohólica de grado medio, de un precioso color rojo y de sabor amargo. Realizada a partir de extracto de alcachofa, su sabor es fruto de la combinación de hasta 60 ingredientes distintos: hierbas, especias, ralladuras de frutas y cortezas (quinina, ruibarbo, naranja amarga y toronja). Según el mito, el color rojo lo obtenían del caparazón de tortuga, aunque hoy día sabemos que procede de la cochinilla (suspiro de alivio).
Campari fue marca pionera en unir publicidad y arte en sus carteles. A lo largo de sus 150 años de historia, numerosos artistas han contribuido en sus campañas, y la colección ha alcanzado tal envergadura, que la sede de Milán cuenta con galería propia. Como ejemplos destaca el famoso cartel rojo de Dudovich, con dos amantes que se besan apasionadamente, precursor del concepto de red passion presente en los anuncios actuales; Leonetto Capiello y su personaje Spiritello, el famoso duendecillo envuelto en una piel de naranja; los carteles futuristas de Depero… incluso Bruno Munari diseñó la «Declinación gráfica del nombre Campari», cartel que conmemoró la inauguración de la primera línea de metro de Milán. A finales de los noventa, el director italiano Tarsem filmó «El rasguño», una joya de la publicidad con los primeros tintes lésbicos de la televisión italiana. 
Atrévete a cruzar la línea roja, saborea el joie de vivre y prueba ya la que va a ser tu bebida favorita durante el resto de los veranos de tu vida.

jueves, 29 de julio de 2010

Campari con zumo de pomelo

Una de las mejores combinaciones para el calor y tan fácil de preparar que tardarás mucho menos que en leer este post. Perfecta para tomar cerca de la piscina, o mejor, dentro. Acompañar con olivas y un@ chic@ Martini, no necesariamente por ese orden. No tendrás problemas para encontrar lo primero…  
INGREDIENTES:
Campari
Zumo de pomelo (mejor si es natural y recién exprimido. Si no, recurre al Tropicana o Granini)
Hielo
En un vaso ancho, PON los hielos, dos o tres si son de gasolinera, y CÚBRELOS con Campari si te van las emociones fuertes, si no, dos dedos de Campari bastarán. LLENA el resto del vaso con el zumo de pomelo. DECORA la copa con una rodaja de pomelo o naranja, así podrás comértela luego sexymente si has tenido suerte y has encontrado al chic@ Martini...
DISFRUTA.

domingo, 20 de junio de 2010

Sharing to Learn

Este blog habla de cosas bonitas. De cosas, personas, lugares, proyectos, tradiciones, que hacen de nuestro mundo un lugar mejor. Pero lo que voy a tratar hoy va mucho más allá, pues no hay nada más importante, verdadero y profundo que la entrega desinteresada, el empeño en cambiar las cosas, el convencimiento de que, como afirma Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido, una sola persona puede marcar la diferencia ejerciendo la libertad última de todo ser humano, elegir su actitud vital ante cualquier circunstancia.    

Y esto es lo que hace mi amiga Denise. La conocí en el año 2000 en clase de francés en l’Escola Oficial d’Idiomes de Barcelona. Desde el primer día nos hicimos amigas y hemos mantenido la amistad desde entonces, con la intensidad que la distancia buenamente nos permite. Apasionada de la fotografía y los viajes, es maestra y psicóloga infantil y a lo largo de más de once años de experiencia ha enseñado en escuelas de España, Ecuador, Chile, Marruecos, Brasil, Sudáfrica y últimamente en Nueva York, su América natal. A Denise hay una cosa que la apasiona por encima de todo: los niños, «my little angels» como los llama ella, y su amor por ellos la ha llevado a crear, de la nada, la ONG Sharing to Learn, convencida de que sólo a través de una sólida educación damos a los niños las herramientas más potentes para que en el futuro puedan luchar contra la pobreza y el hambre.

Un día cualquiera hace dos años ya, un programa de voluntariado la llevó a un pequeño poblado en Sudáfrica llamado Makuleke, y su vida cambió para siempre. Se enamoró instantáneamente de la gente del poblado, de su sencilla y profunda forma de vivir y de amar su entorno, y decidió compartir ese amor con el resto del mundo y romper la cadena de pobreza fortaleciendo a los más pequeños a través de la educación. ¿Y cómo? Pues construyendo una biblioteca, llenándola de libros, materiales didácticos, juguetes y reuniendo allí cada día a todos los niños, para que se rían, compartan, aprendan, jueguen y sean más felices. Denise lo documenta todo en su blog http://deniseortiz.tumblr.com/ a través de fotos y vídeos. Os recomiendo que lo peinéis y lo miréis de cabo a rabo pues estos pequeños retales de vida a miles de kilómetros de aquí son una preciosidad que te sacuden y te despiertan del letargo en el que caemos tan a menudo. Dejadme que aquí os recomiende sólo un par de ejemplos, como esta foto en la que aparece esta niña con su primer par de zapatos, o éste vídeo en el que un grupo de niños de 1 a 5 años recibe sus primeros juguetes.

En la base de Sharing to Learn está la filosofía Ubuntu, un principio ético tradicional en África cuya palabra proviene del zulú y significa que una persona es tal gracias a la existencia de otras. En palabras del Premio Nobel de la Paz Desmond Tutu: «Ubuntu es la esencia del ser humano. Se basa en el hecho de que mi condición humana está inextricablemente arraigada en la tuya. (…) Una persona con Ubuntu es abierta, hospitalaria, cálida y generosa, siempre dispuesta a compartir.» Denise así lo entiende y lo demuestra con su ejemplo. Sólo hay una manera de vivir, y es a conciencia, creyendo en un mundo donde las personas se funden en una y comparten. Todos somos uno y la misma cosa.

Sharing to Learn opera mediante programas de intercambio culturales. Denise viaja constantemente de Nueva York a Makuleke, y en cada uno de sus viajes lleva las maletas repletas de material gráfico, trabajos, dibujos, artesanía de uno y otro lugar. Del Norte al Sur, del Sur al Norte. Sus pequeños alumnos en Nueva York aprenden de otras culturas, de otras formas de vida, de otras suertes, y despiertan sus conciencias. Así hace también con los niños de Makuleke, les despierta del letargo y les da herramientas para un futuro mejor. Denise cuenta ya con un equipo formado por cuatro voluntarios: Attorney Hlongwane, Elmon Chauke, Benes Makuleke y Mildred Chauke. Como ellos, yo también quiero sumarme a este proyecto y este post es mi primer paso adelante. Os animo a que caminéis conmigo y colaboréis a través de cualquiera de estas vías. Las distancias son muy relativas… Y lo más importante, recordemos que todos somos uno y la misma cosa.

miércoles, 2 de junio de 2010

Bruno Munari

Éste es un post ambicioso. Diseñador gráfico, ilustrador, editor, arquitecto, escritor, poeta, pedagogo, teórico, futurista en los años 20 y surrealista en los 30, editor, escritor, inventor… Hay personas que son un mundo entero y si vivieran 100 años, harían 100 maravillas. Bruno Munari es una. Se apeó en los 98, pero su legado es inmenso y éste es mi pequeño homenaje. Glups.

Como él mismo describió su nacimiento, de repente una mañana de 1907 se encontró desnudo en medio de las calles de Milán. De padre camarero y de madre costurera, su familia se mudó a una casa de campo en Badia Polesine. Allí Bruno hizo muchos amigos, la rana Romilda, el gato Meo, las Caperucitas de todos los colores… Pero pronto el mundo se le quedó pequeño y regresó a Milán en 1926 para trabajar con su tío ingeniero y sumergirse en la tendencia futurista del momento. Un año más tarde y junto a su amigo Aligi Sassu (por entonces sólo tenía 15 años) creó el Manifesto «Dinamismo y pintura muscular» siempre soñando un mundo mecánico, animal y vegetal nuevo y mejor, y mostrando su trabajo en muchas exposiciones. A partir de ese momento en adelante, trabajó sobre todo como diseñador gráfico para la prensa, para editoriales como Mondadori y para revistas como Tempo, al tiempo que escribía libros para niños.

Pero claro, no eran los clásicos libros ilustrados… Eran y son libros que utilizan los recursos artísticos de las vanguardias y de la fotografía para hablar a los pequeños. Se abren ventanas, se reducen las páginas, entramos y salimos de los cajones del Il prestigiatore verde… Desde el comienzo de su carrera como artista luchó contra quien le acusaba de ser infantil, rechazando con fuerza a todos aquellos que se tomaban el arte demasiado en serio. «Entender qué es el arte es una preocupación (inútil) del adulto. Entender cómo se hace para realizarlo es, en cambio, un interés auténtico del niño.» Munari fue siempre un niño, absorbiendo todo lo que podía, sin rechazar ninguna posibilidad lingüística o imaginativa con el objetivo de alcanzar la ironía, la comunicación, el desarrollo y la investigación de la percepción como fenómeno complejo.

En 1948 fundó junto a otros el Movimiento Arte Concreta (MAC), cuya aportación fundamental fue el libro Cómo nacen los objetos, donde Munari plantea una metodología para el diseño (visual, gráfico, industrial y arquitectónico) que sigue vigente a día de hoy, 62 años después. Básicamente, Munari afirma que «el método proyectual consiste simplemente en una serie de operaciones necesarias, dispuestas en un orden lógico dictado por la experiencia. Su finalidad es la de conseguir un máximo resultado con el mínimo esfuerzo.» En definitiva, diseñar una marca, una página web, una revista o cocinar una receta, requiere un mismo proceso. (En este punto recomiendo pausa y reflexión).

En esa época creó los Libros ilegibles (Libri illeggibili), curioso nombre que define libros de arte realizados con papeles de diferentes tipos, colores, formas, recortados, agujereados, con hilos que los atraviesan, que forman nudos en la página, que crean formas Aquí está la auténtica esencia del trabajo de Munari, la investigación sobre qué es la lectura: «Los libros para grandes son como los libros para niños, están basados en el descubrimiento». Así nace en 1956 una de las obras maestra de literatura infantil: En la noche oscura (Nella notte buia), protagonizado por un gato, un punto amarillo y unos papeles transparentes como el agua, que forman un río subterráneo del que emergen peces verdes. Cada página aporta algo nuevo e inesperado, porque «el conocimiento es como una sorpresa: si uno ve lo que ya sabe, no hay sorpresa». En los 80 Munari creó los Prelibros (Prelibri), libritos en formato pequeño para niños y grandes que afirman, otra vez, que no se leen sólo las palabras escritas. Lo mismo sucede en La fábula de las fábulas (La favola delle favole), que es un álbum de cartas coloristas, donde los niños pueden hacer lo que quieran y que, como dice la portada, «no existen dos copias iguales de este libro, realizado por Bruno Munari y… los niños».

Munari hizo de todo, y bien. Con su legado enseña a generaciones de niños de todo el mundo que leer es una actividad compleja, que se hace con los ojos, las manos, la nariz, la razón y, sobre todo, con la fantasía. Dedicó su vida a la búsqueda de un verdadero método de conocimiento aplicable a todos los campos y sus reflexiones han influenciado la historia del diseño industrial, de la gráfica y de la pintura, de la pedagogía y de la museología. Se fue dejando atrás un mundo mucho mejor del que se encontró al nacer desnudo en las calles de Milán. Pagó su deuda con creces… y con este modesto homenaje, yo espero haber reducido un poquitito la mía con él.

domingo, 9 de mayo de 2010

Theo Jansen

«Las barreras entre el arte y la ingeniería existen sólo en nuestra mente», dice Theo Jansen en un anuncio para BMW. No está mal la frasecita para empezar un post, ¿verdad? Y tened en cuenta que quien afirma esto, lleva unos veinte años construyendo grandes figuras que imitan esqueletos de animales capaces de caminar usando la fuerza del viento de las playas holandesas.

Sí, Theo Jansen es holandés y allí vive y trabaja. Estudió física en la Universidad de Delft, pero abandonó estos estudios para dedicarse a la pintura. Y aunque ya en 1981 desarrolló una máquina de pintar, no fue hasta 1990 cuando presentó su Develops Animari (animales de playa) y desde entonces se ha dedicado a diseñar una «nueva naturaleza», a crear vida artificial mediante el uso de algoritmos genéticos, programas que poseen evolución dentro de su código y que se pueden modificar para solucionar variedad de problemas incluyendo diseños de circuitos y sistemas muy complejos. A mí también me cuesta entenderlo… ¿Y sabéis de qué están hechas estas esculturas vivientes? Jansen no usa polen ni semillas, sino los mismos tubos amarillos de plástico que se usan para los conductos eléctricos.

Estas «criaturas» son estructuras tan orgánicas que desde la distancia parecen insectos gigantes o esqueletos de animales prehistóricos. Se desplazan sin motores y no disponen de sensores de última tecnología, simplemente, se basan en la abundante energía eólica de las playas y en un minucioso estudio de las estructuras cinemáticas y evolutivas. Tras el «parto», Jansen suelta la escultura en la playa, evalúa sus logros y los mejora. Y a largo plazo, quiere dejar libres estas «strandbeest» (bestias de la playa) para que vivan sus propias vidas, evolucionando sin necesidad de su intervención y sin lógica aparente. Una especie de deus ex machina, podríamos decir. Cuando ves por primera vez una de sus creaciones en movimiento, entiendes que se trata del trabajo de un ingeniero, de un diseñador y de un artista. Algo excepcional. Al principio, las limitaciones del material le forzaron a buscar soluciones fuera de toda lógica y obviedad, siguiendo las estrategias opuestas que hubiera seguido un ingeniero puro. El diseño de estas estructuras se basa en estudios de robótica que Jansen desarrolló en los 80 con ayuda de los primeros ordenadores personales. Y en cuanto al método de trabajo, siguió el método del artista, exento de toda dirección, para llegar a sitios donde nadie ha estado jamás.

La perseverancia y la motivación de Jansen son inagotables y cada nueva especie posee nuevas habilidades que son testadas y mejoradas. Jansen ha decidido que su medio natural sea la playa, por tanto, las máquinas que deseen prosperar en este entorno tendrán que lidiar entre las carreras de marea, las dunas y las tormentas. «Animaris Percipiere» clava un apéndice en la arena para anclarse si detecta que el viento es demasiado fuerte para permanecer en pie. «Animaris Rhinozero» es un gigante de dos toneladas de peso que se desplaza con facilidad y elegancia y que es capaz de transportar a varias personas en su interior. «Animaris Ventosa» es capaz de almacenar viento mediante una serie de pistones accionados por velas que insertan aire a presión en botellas de plástico, lo que le permite disponer de la energía eólica almacenada en esos días en los que no corre una brizna de aire.

Como el propio Jansen indica, «la rueda no es una buena solución en la arena suelta», así que 5.000 mil años después de su invención, Theo Jansen la reinventa y la mejora. Casi nada. Resulta asombroso pensar que su trabajo estuvo en la sombra durante diez años y que ha sido descubierto recientemente a nivel mundial. En la actualidad, viaja por el mundo compartiendo su obra, como en las conferencias TED o en el festival Ars Futura. Además, se está rodando un documental sobre su obra del que podéis seguir su evolución aquí.

lunes, 26 de abril de 2010

Berlingots

En la antigüedad, la gente endulzaba su vida cubriendo con miel frutas y frutos secos. En la Edad Media, los europeos crearon caramelos a partir de azúcar hervido, pero el azúcar de caña era de importación y por tanto muy caro y para unos pocos. No fue hasta el siglo XIX que los caramelos se democratizaron gracias al descubrimiento del azúcar de la remolacha. Los berlingots datan de esa época, y en su origen se elaboraban con el jarabe de frutas escarchadas. Son muy característicos por su forma de tetraedro, su atractivo color intenso y las franjas blancas que lo atraviesan de lado a lado.

He averiguado muchas cosas sobre estos caramelos decimonónicos, pero siento deciros que no he conseguido aclarar cuál es su procedencia. Los de la localidad francesa de Carpentras (Provenza) afirman que son suyos, que su región, una especie de balneario papal, un día del año 1310 recibió la visita de Clemente V quien al parecer llevaba los bolsillos llenos de unos estupendos caramelos de menta que calmaban sus dolores de garganta. Pero en seguida salen los de Nantes blandiendo decenas de referencias para probar que no, que todo el mundo sabe que los famosos berlingots, que en realidad datan del 1830, son suyos. Pero aquí la cosa se complica aún más, pues unos dicen que esta delicia procede de Italia, y que fue una vendedora ambulante italiana la que un día llegó a la localidad con unos caramelos de menta llamados "berlingozzo". Otros aseguran que el berlingot se creó bajo el reinado de Luis XVI, pues en 1780 existía una pequeña tienda de dulces situada en la Place Royale de Nantes que ya los vendía. La receta, inventada por una tal madame Couet, tuvo tanto éxito que la pequeña tienda pronto dejó de serlo y se convirtió en una gran confitería con el rótulo de "A la Renommée des Vrais Berlingots Nantais". And on and on.

Creo recordar que la primera vez que probé los berlingots fue gracias a mis abuelos paternos, que me trajeron una caja tras uno de sus viajes por el sur de Francia. Hablo de cuando yo tenía unos siete años y desde entonces siempre han estado ahí. Son bonitos, muy, y son ricos, muy muy. Los más famosos, por antiguos, y mis favoritos, son los de menta. [Por cierto, de repente me acuerdo de lo mucho que me gustaban también los Sugus de menta… ¿quién tuvo la nefasta idea de cesar su producción?] Además, presentan un atípico tono rojizo para lo que viene a ser un tradicional caramelo de ese sabor, aunque hoy día la combinación de colores y sabores es infinita. En Barcelona es imposible encontrarlos, así que o voy a Francia o me los compro online. Y cuando ni una cosa ni otra, 
Papabubble
 sale al rescate con un sucedáneo más que aceptable.

El proceso de elaboración de los berlingots es uno de miniaturización, muy delicado y un tanto mágico… Con este vídeo os haréis a la idea mucho mejor.



lunes, 19 de abril de 2010

Claus Porto

El pasado huele a jabón. En mi caso, es una verdad como un templo. Las pastillas negras del jabón Magno de La Toja son sin duda un paisaje de mi infancia. Siempre presentes en casa de mis abuelos, me fascinaba ver cómo una pastilla negra, el color de la suciedad por excelencia, servía precisamente para eliminarla. También me encantaba encontrarme en los cajones de la ropa interior de mi madre pastillas de jabón pequeñitas, de esas que te regalan en los hoteles. Y me gusta la jabonera de plata de mi padre, que había sido de mi abuelo, y la sensación de cumplir con un ritual añejo cada vez que levanto la tapa con las iniciales de la familia y huelo ese aroma a vetiver. Y quizás por eso en mi boda regalamos una pastilla de jabón a los invitados, y siempre tengo más jabones de los que necesito… Esta afición particular por los jabones ha permanecido en mí hasta hoy. Y los Claus Porto y toda la filosofía que impregna su fabricación no hacen sino aumentarla y reafirmarla.

La primera fábrica de jabones y perfumes portuguesa se fundó en Oporto en 1887 por Ferdinand Claus y Georges Ph. Schweder, dos alemanes que vivían en Portugal, en una época en la que este tipo de productos eran de importación y se consideraban un privilegio de las clases pudientes. La fábrica empezó con buen pie y en 1903 alcanzó cierta popularidad, pero la participación de Alemania en la Primera Guerra Mundial forzó el exilio de los dos fundadores y su cierre… Momentáneo. Pues su aliado portugués, Achilles de Brito, y su hermano Alfonso, tomaron el relevo y fundaron una nueva compañía en las mismas instalaciones, la Ach. Brito & Co., y siguieron produciendo jabones bajo la misma marca Claus Porto. Esta nueva compañía pronto creció y ganó fama por la innovación, la calidad y el packaging de sus productos; invertían mucho dinero en el i+D de entonces, para mejorar los aromas, la textura, e incluso crearon su propia litografía, para poder pintar todas las etiquetas a mano. En la década de los 40 logró consolidarse en el mercado nacional y en las colonias portuguesas y empezó también a exportar sus productos al Reino Unido y a los Estados Unidos. El negocio sufrió un poco en los años 80 debido a la pérdida de las colonias africanas, la dura competencia de las multinacionales y los nuevos canales de distribución, pero en los 90 Claus Porto se posicionó de nuevo en el mercado como un marca de calidad presente tanto en hipermercados y grandes cadenas como en pequeños comercios y farmacias. En 1994 firmaron una alianza con la compañía americana Lafco que ayudó a consolidarla como la marca de los «artesanos del jabón».

Y con razón. Claus Porto produce los mejores jabones que podáis imaginar, siguiendo el mismo método desde hace más de 120 años y casi todo a mano. La pasta de jabón se muele siete veces, para que así expulse todo el aire y tenga una textura cremosa, un aroma duradero y larga resistencia. Luego las pastillas se laminan y se sellan, una a una, con las mismas máquinas a pedal que se usaban hace más de 70 años, y se dejan «madurar» durante tres semanas, para una mejor consistencia. Finalmente, cada pastilla de jabón se envuelve a mano, siguiendo un proceso minucioso y delicado. Y el packaging… es la guinda del pastel. Cada gama de jabones tiene su propia marca y envoltorio distintivo, y cada uno de los diseños y de las etiquetas se inspira en los modelos de la litografía que creó la compañía en los años 50.

Los Claus Porto son más que jabones, como las Harley Davidson son más que motos… Pequeñas obras de arte que aportan el lujo a lo cotidiano.

[En Barcelona los encontraréis en Debany – 93 418 5793]

sábado, 3 de abril de 2010

Tiffany

El título del post anuncia el pecado, y también al culpable: Louis Comfort Tiffany (1848-1933). El Art Nouveau no sería tal sin su colaboración. El imaginario femenino tampoco. Al menos el mío (y el de unas cuantas amigas...).

Vayamos por partes. Tiffany fue pintor, decorador de interiores, diseñador de ventanas y lámparas en vitral, mosaicos de vidrio, vidrio soplado, cerámica, joyería y trabajos en madera y metal. Pero de toda su producción, la que más notoriedad le dio fue su trabajo con vidrio de color, y durante los 50 años que trabajó en el medio, su empresa produjo miles de ventanas de edificios en toda América del Norte, para casas, bibliotecas, tiendas, teatros, y sobre todo, iglesias. Sí sí, iglesias. En la década de 1890, Tiffany desarrolló un método mediante el cual los diferentes colores se mezclaban en estado fundido, logrando un efecto sutil de captación de la luz que aplicó principalmente en las vidrieras. Pocos años más tarde fundó su propio horno de vidrio en Queens, Nueva York, y ahí aplicó esta técnica a la forma tridimensional, dando lugar a las conocidas lámparas Tiffany y a los vasos de vidrio soplado Favrile. En su momento cumbre la fábrica contó con más de 300 artesanos y estuvo en actividad hasta 1938.  

Todo su trabajo surge de una doble fascinación: la luz y la naturaleza. De ahí las vidrieras y la adaptación artística de la bombilla, de la que fue pionero. La primera vez que expuso sus obras en París fue en la galería de arte de Siegfried Bing en 1895, llamada “L’Art Nouveau”, cuna del movimiento artístico homónimo que se nutrió de las corrientes artísticas europeas de su tiempo, como el Art & Crafts de William Morris en Inglaterra, el Jugendstill alemán o el Modernismo español.

Tiffany decoró las casas de clientes tan influyentes como el magnate del azúcar Henry O. Havemeyer, el escritor Mark Twain o la Casa Blanca para el presidente de los Estados Unidos Chester Arthur. Pero desplegó todo su arte en los 84 cuartos de su propia casa, en Oyster Bay, Long Island, decorada con un marcado carácter teatral, poblada de plantas exóticas y pájaros disecados, y con un ambiente refinado y original. Según la compositora Alma Mahler, era «…las mil y una noches en Nueva York…».

Y volvemos al pecado… Después de la muerte de su padre en 1902, Tiffany se convirtió en vicepresidente y director artístico de Tiffany & Co. Su familiaridad con la fabricación de joyería de la firma, así como la colaboración con su padre en varias piezas para la Exposición Universal de París en 1900 fue, sin duda, lo que le inspiró para producir joyas en sus propios talleres. Pocos saben que los orígenes de Tiffany, fundada en 1837, poco tienen que ver con el glamour que la caracteriza hoy. Pues Tiffany, Young & Ellis (como se llamaba entonces) operaba en el Lower Manhattan como una empresa dedicada a la papelería y los objetos de regalo. Fue años más tarde, en 1853, cuando se rebautizó tal y como la conocemos hoy y cambió la dirección del negocio hacia la joyería. Desde entonces, Tiffany & Co. ha extendido su azul característico (y patentado) por doquier, pues cuenta con 64 tiendas en los Estados Unidos y 103 en el resto del mundo. Y todas ellas hacen honor a lo que pregonan: El color de los sueños es azul.

Su tienda insignia está en Nueva York (5ª  Av. con la calle 57). He ido muchas veces y voy directa a los ascensores del fondo, a la cuarta planta, donde siempre encuentro el regalo de plata perfecto para alguien querido. Y me encantan esos 20 minutos que dedican a envolverlo. Que si la bolsita de terciopelo azul, dentro de la cajita azul, que a su vez va dentro de la bolsa azul decorada con el lazo… ¡no!, blanco. Luego bajo de nuevo, para pasear y seguir soñando en azul, sintiéndome un poco Audrey.

Sin duda, el glamour es un estado de ánimo.



martes, 23 de marzo de 2010

Alicia en el País de las Maravillas

Charles Lutwidge Dodgson (a.k.a. Lewis Carroll), matemático, sacerdote anglicano y uno de los fotógrafos más importantes de la época victoriana, estaba hasta el gorro de los suyos, de la encorsetada educación inglesa y de los políticos de la época. Esos no eran tiempos para un joven zurdo, un poco tartamudo, medio sordo y epiléptico, a quien además acusaban de pedofilia y adicción a las drogas psicoactivas… Era preciso huir de allí, soltar amarras y volar, así que a través de sofisticados juegos de lógica, se inventó el País de las Maravillas, para que generaciones y generaciones pudiéramos revisitarlo a través de los siglos.

Esto es así aunque el propio autor en principio no lo supiera y achacara el origen de la historia a la mera casualidad durante un paseo en barco por el Támesis una tarde muy calurosa del verano de 1862. Acompañado por el reverendo Duckworth y por las tres hermanas Liddell: Lorina Charlotte (13), Alice (10) y Edith (8), el calor era tan sofocante que obligó al grupo a refugiarse en la orilla del río, a la sombra de unos almiares. Había que matar el rato de alguna forma, así que Carroll empezó a improvisar una serie de historias disparatadas que llamó Las aventuras subterráneas de Alicia, pues de las tres hermanas era ella la que más se entusiasmó y la que luego le insistió para que las pusiera por escrito. Esa noche Carroll la pasó en vela intentando recordar la extravagante historia, aunque en realidad empezó a escribirla e ilustrarla cuatro meses después, teniendo listo su mejor regalo de Navidad para la pequeña Alice en 1864. Los MacDonald, amigos suyos, le insistieron para que publicara el libro, así que se animó y lo reescribió, añadió dos capítulos, amplió otros dos y contrató a John Tenniel a quien debemos 42 ilustraciones maravillosas. De los 2.000 ejemplares de la primera edición inglesa de MacMillan and Co. de 1865 sólo se conservan 23, de las cuales 17 pertenecen a distintas bibliotecas y las 6 restantes están en manos privadas. Suertudos ellos… Aunque a alguien le salió un pelín caro, pues en 1998 pagó 1,5 millones de dólares en una subasta, convirtiéndose así en uno de los libros para niños más caros de la historia, y al ganador en un loco desesperado por un Wonderland.

Un wonderland que más bien es un nonsense land, con apresurados conejos blancos con chaqueta y reloj de bolsillo con leontina; sombrereros locos (hartos de inhalar mercurio para procesar el fieltro); desafiantes gatos de Cheshire que desaparecen dejándonos con interrogantes y sonrisas en el aire (al parecer los gatos del puerto de Chester, donde había un almacén de quesos, eran los más felices del reino, pues cuando atracaban los barcos llenos de queso también lo hacían los ratones); reinas de corazones sin corazón que gritan antes de pincharse; setas gigantes que a más de uno le ahorrarían arduas dietas; pasadizos secretos y puertas a otros mundos; orugas azules fumando narguiles expertas en psicoanálisis; lacayos con cabeza de pez, ¿o de rana?; sopas demasiado cargadas de pimienta que agrían el carácter; bebés que son cerdos, ¿o cerdos que son bebés?; rosales pintados; naipes que son súbditos que son naipes; un criquet peculiar con erizos y flamencos; grifos durmientes; falsas tortugas deprimidas que cantan sobre una típica receta victoriana, la falsa sopa de tortuga; y juicios donde se prueba que al final, todas las tartas regresan a su dueño. ¡Qué alivio!

¿Cómo todo este mundo absurdo no iba a ser fuente inagotable de inspiración? Desde The Beatles a Gwen Stefani pasando por Tom Waits; desde Salvador Dalí a James Joyce y su Finnegans Wake; desde la primera adaptación cinematográfica de Cecil Hepworth en 1903, en la que interviene toda su familia —gato incluido—, hasta las otras diez adaptaciones, como la de 1951 producida por Walt Disney a la recién estrenada versión de Tim Burton.

Se me ocurre que cada 4 de mayo podríamos quedar para una tarde de té «insufrible», acompañándolo de azúcares y golosinas (pues todos sabemos que mejoran el carácter) y un poquito de láudano, para plantearnos acertijos sin respuesta y reírnos a destajo. Porque todos necesitamos un Wonderland si no queremos acabar en las «antipáticas»… ¿Verdad?

jueves, 11 de marzo de 2010

Rojo

El rojo es el primer color que conoce el hombre, el de su propia sangre; sangre que ofrecía a los dioses y que usaba para fertilizar cultivos. Adán significa «hecho de arcilla roja» y la manzana del pecado no podía ser de otro color. Ese primer instante en la historia de la humanidad sólo podía ser rojo, como lo es el lugar al que nos condenó la tentación de Eva, rojo y caliente.

Al rojo lo llaman el rey de los colores. Es el primer color que ven los bebés al nacer, el que distinguimos con más facilidad sobre cualquier fondo y el que nunca nos deja indiferentes. Es rompedor e indispensable en publicidad, y por su alta visibilidad, es óptimo para señalizar obligación, peligro, emergencia, máxima velocidad, atención, expulsión, parada o prohibición, los precios rebajados, el saldo negativo, las correcciones y los días libres en el calendario. Sin duda es el rey, pues junto con el púrpura, es el color de quien se siente poderoso; lo han llevado cardenales, reyes, emperadores y nobles. Las tapicerías rojas decoran los lugares donde se toman decisiones importantes y los grandes teatros, y la alfombra roja recibe a las personalidades. El rubí es una de las piedras más preciosas, y la seda roja es el tejido más caro. Por eso, el rojo es también el color del lujo y del buen vino.

Marte, el dios de la guerra, es rojo. Y se nos enciende la mirada cuando nos enfadamos, pues el alma de la guerra es roja. También es el color de la revolución y de los movimientos obreros, pues simboliza la sangre del proletariado e identifica el comunismo. Precisamente, el pigmento rojo proviene de la China, donde es una sustancia muy apreciada; allí es el color de la buena suerte y se usa en abundancia, aunque en abundancia nos pone nerviosos y nos estresa…

Los órganos sexuales, junto con la lengua y los labios, son la parte más roja del cuerpo humano; y más roja se pone todavía cuando nuestro inconsciente se desvía hacia la única cosa en la que pensamos, como mínimo, sesenta veces al día: sexo. El rojo es el color que se usa para provocar, pensemos sino en el pintalabios, todo un clásico… Un insecto, la cochinilla hembra, contiene el secreto del colorante más intenso y permanente de rojo que existe, el carmín. Desde los aztecas, este bicho que habita entre cactus se cría, se mata, se seca y se diluye en agua para luego convertirlo en un polvo que se usa en todo. ¿Os suena E-120? Omnipresente… ¿Y las emociones? ¿Qué color pondríais al dolor, la revolución, la venganza, la pasión, el riesgo, el odio, la ambición o la violencia? ¿Y al amor? ¿De qué color pintaríais el amor?

Es un color cargado de simbolismo. En la novela La letra escarlata (1850) de Nathaniel Hawthorne, la protagonista acusada de adulterio debe «lucir» su pecado con una letra A roja cosida a su ropa. Ingmar Bergman imaginaba el alma humana de color rojo, por eso en Gritos y susurros (1972) utiliza este color para reflejar la angustia del amor. Francis Ford Coppola en La ley de la calle (1983) usa el rojo para pintar los deseos de libertad de quien se siente cautivo. En La lista de Schindler (1993), una niña judía vestida de rojo pasa desapercibida delante de los militares alemanes; con este rojo Steven Spielberg expresa su rabia contra la pasividad de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Sam Mendes en American Beauty (1999) ve el rojo como el fin de la edad de la inocencia y el amor recién estrenado…


Mi corazón es rojo sin duda. Ni gris ni de piedra, sino rojo rubí. Al rojo vivo y vivo al rojo. ¿De qué color es tu corazón?

[Mark Rothko, No. 301 Red and Blue over Red, 1959]

miércoles, 3 de marzo de 2010

Sant Medir o la fiesta más dulce

Cuenta la leyenda, que sobre el año 303 Medir era un campesino que vivía cerca de donde hoy se encuentra la ermita construida en su honor. Una mañana, mientras plantaba habas*, recibió la visita del obispo Sever quien, perseguido por los romanos y temiendo por su vida, había decidido huir a Barcelona (Barcino) pasando por Sant Cugat (Castrum Octavianum). Sever le explicó el motivo de su huída y, resuelto a morir por la fe de Jesucristo, le pidió a Medir que, si alguien preguntaba por él, dijera la verdad, que le había visto. Así ocurrió, aunque el payés infeliz no sospechaba que por el cumplimiento de su promesa pagaría también un precio muy alto. Quizás por eso, las habas, testigos del fatal conjuro, crecieron y florecieron de repente, produciéndose así el milagro que hizo santos a los dos mártires. Porque efectivamente, al final, obispo y campesino fueron capturados y ejecutados por orden de Diocleciano. En 1828, Josep Vidal y Granés, panadero y devoto de Sant Medir, prometió al santo que, si mejoraba su precario estado de salud, cada año, en el día de su festividad (3 de marzo), peregrinaría en burro hacia su ermita situada en la sierra de Collserola pregonando su cometido a todo el que saliera a su encuentro. Y ¡zas! Funcionó. Josep mejoró y, agradecido, en 1830 puso en marcha la que fue la primera romería; para llamar la atención, lanzaba caramelos y dulces que cargaba en las alforjas. Año tras año la fiesta fue adquiriendo mayor importancia, y en 1853 ya congregó a unas 300 personas. Hoy día, 180 años después, participan unas 27 cofradías de los barrios de Gracia, Sarrià, Sant Gervasi y La Bordeta, que se reúnen a primera hora de la mañana en sus respectivos locales para congregarse luego a mediodía en la ermita de Sant Medir. Al atardecer bajan todas en procesión por la calle Gran de Gracia hasta Jardinets, lanzando toneladas de caramelos (parece que este año van a ser 6) desde camionetas, carrozas y caballos.

Habré asistido a esta tradición una treintena de veces… Primero de bebé, alucinada y con los ojos como platos viéndolo todo desde el balcón, moviéndome al compás de los tambores; luego con pocos añitos desde la portería de casa, protegiéndome de los dulces balazos; más tarde, de adolescente, soñaba en secreto que era majorette, pero me negaba displicente a bajar a la calle y me quedaba, de nuevo, en el balcón, cazando al vuelo los caramelos con ayuda de un paraguas colgado del revés, porque entonces me parecía muy «cutre» agacharse para coger unos caramelos rotos, casi siempre de anís, y pringarse con mierda de caballo… Luego recobré el entusiasmo y la alegría por la cita anual, perpetuándola comiendo los mismos caramelos de un año para otro; y ahora, ya madre de dos, revivo la fiesta de nuevo con mirada infantil…

*Definitivamente, algo misterioso envuelve las habas… Sabemos que se usan tintadas en rituales masónicos para dirimir discrepancias mediante sufragio; y hay la creencia que son el germen mineralizado del Sol a través del cual la Tierra entrega a los hombres sus frutos más profundos y nutritivos, de ahí nace la costumbre de poner un haba en los roscones de Reyes como señal de buena suerte para el año que empieza. (Sí sí, resulta que el afortunado no es al que le toca la figurita real…). En Egipto, los campos de habas eran el Ka, la antesala donde los muertos esperaban su turno para salir a la luz y reencarnarse. Esta misma superstición se respetó en Grecia hasta que Pitágoras, desafiando los maleficios que suponía pisotear a los difuntos, cruzó un campo de habas poniendo fin a la creencia… Aunque no del todo, pues en las bodas se siguieron arrojando habas a los novios para que engendraran hijos varones que reencarnaran las almas de sus antepasados. Más cerquita, en el Vallés, los campesinos creen que las habas de Sant Medir convierten un campo estéril en uno productivo, del que además crecerán habas sin mancha negra… ¡Ay!

[No seamos tontos del haba y disfrutemos de la fiesta más dulce, que en situaciones de habas contadas como la presente, debemos echar las habas y conjurar la buena suerte, tan necesaria para todos, pues en todas partes se cuecen… habas, claro.]

lunes, 22 de febrero de 2010

La ceremonia del té

Junichirō Tanizaki, en su maravilloso ensayo El elogio de la sombra, afirma que los verdaderos amantes del té, al oír el ruido del agua hirviendo, experimentan un arrebato de éxtasis. Ese mismo arrebato es el que debió sentir el emperador Saga cuando un monje budista chino llamado Eichū le preparó un extraño brebaje durante una excursión a Karasaki en el año 815. Las crónicas japonesas oficiales afirman que el emperador quedó tan encantado que al año siguiente mandó cultivar té en Japón, donde ganó popularidad rápidamente, y así hacer autóctona una bebida que en China ya se bebía desde hacía miles de años.

En el siglo XII se introdujo una nueva variedad de té, matcha, un té polvoriento extraído de la misma planta del té negro pero sin fermentar que se usaba en los monasterios budistas y que luego pasó a ser la bebida de los samurái. Fue entonces cuando se sentaron las bases de la ceremonia del té (cha-no-yu, chadō o sadō) y que se acabarían de perfilar en el siglo XVI gracias a Sen no Rikyū, quizás su más conocida y respetada figura histórica por ser quien introdujo el precioso concepto de ichi-go ichi-e o la creencia de que cada encuentro debe ser atesorado ya que no podrá volver a repetirse, y los atributos de armonía, respeto, pureza y tranquilidad que siguen siendo los pilares fundamentales de la ceremonia.

Una ceremonia del té completa o cha-ji puede llegar a durar cuatro horas, pues incluye una frugal comida (kaiseki), té ligero (usucha) y té espeso (koicha). Quien realiza la ceremonia debe estar familiarizado con la producción y los tipos de té además de otras disciplinas y artes tradicionales japonesas (kimono, caligrafía, ikebana, cerámica, incienso…) y por ello el estudio de las mismas conlleva muchos años, a menudo una vida completa. Los invitados también deben tener ciertos conocimientos de los gestos y posturas adecuados y la manera apropiada de tomar el té y los dulces. No es de extrañar que en Japón haya tantísimas escuelas donde se puede aprender esta ceremonia. En Barcelona, no os perdáis la que eventualmente ofrece Tetere.

La ceremonia del té puede celebrarse en un recinto exterior o en una sala diseñada específicamente para esa función. Por lo general deben ser espacios pequeños y todos sus elementos y la distribución deben respetar la estética wabi, caracterizada por su humildad, moderación, simplicidad, naturalidad, imperfección, y el amor por la belleza de la pátina que el paso del tiempo y el uso dejan en los materiales. De nuevo, el elogio de la sombra. La estacionalidad también es importante, pues según se celebre la ceremonia en los meses fríos o en los calurosos, se usarán unos utensilios u otros y variarán los gestos y los pasos a seguir, todos ellos pensados teniendo en cuenta las largas mangas (que cumplen la función de bolsillos) el apresto y el cinturón del kimono, prenda por excelencia en este ritual; la postura a mantener durante toda la ceremonia es la seiza, es decir, de rodillas sobre el tatami.

En fin, ya veis que esta ceremonia que se lleva practicando desde hace siglos va mucho más allá de dar pequeños sorbitos a una taza de té. Mirando atentamente y en silencio cada detalle y poniendo atención de cirujano en cada uno de los pasos a seguir, los invitados a una ceremonia del té japonesa aprenden a valorar la belleza en los gestos más cotidianos y experimentan la armonía a pequeña escala con una intensidad de naturaleza casi espiritual. Y es que a través de este ritual totalmente Zen, se busca sublimar la belleza de lo imperfecto, tranquilizar los sentimientos y darse cuenta de la importancia de las pequeñas cosas que forman parte de nuestra vida y que hacen que nos relajemos y nos sintamos mejor.
[Esta segunda imagen es una xilografía impresa por Yoshitoshi en el año 1887 que representa a Bodhidharma, monje de origen indio, vigésimo octavo patriarca del budismo y el primer patriarca legendario y fundador de la forma de budismo Zen o Chán.]