viernes, 5 de febrero de 2010

Blade Runner

Considerada una de las películas más influyentes de todos los tiempos, Blade Runner, dirigida por Ridley Scott en 1982 es, simplemente, fascinante… Y como todas las grandes obras maestras, te hace sentir muy muy pequeño.

Con un guión basado en la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, esta obra maestra precursora del cyberpunk es toda una película de culto, no sólo por la detallada y original ambientación, que marca un hito visual posmoderno con su descripción realista de un futuro en decadencia, sino también por los efectos especiales, por adelantarse a plantear temas fundamentales para el siglo XXI, por su amplio abanico de niveles dramáticos acercándose al pasado con el uso de la literatura, el simbolismo religioso, los temas clásicos, el cine negro… También, por supuesto, gracias al reparto y a la evocadora banda sonora de Vangelis… Pero sobre todo sobre todo, por la atmósfera de incertidumbre presente en toda la película y que es su tema central: examinar y reevaluar qué significa ser humano.

En Estados Unidos la película se estrenó quince días después de E.T., y la falta de acuerdo entre la crítica (mientras unos se quejaban de su escaso ritmo narrativo, otros apreciaban su complejidad temática) no favoreció los resultados en taquilla. Por el contrario, en el resto del mundo logró un gran éxito y fue una de las primeras películas en ser lanzadas en formato DVD. 

La película transcurre en Los Ángeles durante un frío mes de noviembre de 2019. Se supone que en nueve años veremos el mundo lleno de replicantes, blade runners tras ellos, spinners en las calles, y con suerte, algún que otro Nexus 6 y mujeres como Rachel... Ella es toda una inspiración. Su profunda y pétrea mirada de replicante encierra el gran misterio, ése que pillas o no pillas... Y la escena final, donde no hay ni un pestañeo gratuito, sobrecoge y te plantea la gran pregunta de la película, de nuevo, qué significa ser humano… Rutger Hauer se inspiró en el poema de Arthur Rimbaud, El barco ebrio, para esta última escena. Una escena que, sin duda, jamás se perderá en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…


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