martes, 23 de marzo de 2010

Alicia en el País de las Maravillas

Charles Lutwidge Dodgson (a.k.a. Lewis Carroll), matemático, sacerdote anglicano y uno de los fotógrafos más importantes de la época victoriana, estaba hasta el gorro de los suyos, de la encorsetada educación inglesa y de los políticos de la época. Esos no eran tiempos para un joven zurdo, un poco tartamudo, medio sordo y epiléptico, a quien además acusaban de pedofilia y adicción a las drogas psicoactivas… Era preciso huir de allí, soltar amarras y volar, así que a través de sofisticados juegos de lógica, se inventó el País de las Maravillas, para que generaciones y generaciones pudiéramos revisitarlo a través de los siglos.

Esto es así aunque el propio autor en principio no lo supiera y achacara el origen de la historia a la mera casualidad durante un paseo en barco por el Támesis una tarde muy calurosa del verano de 1862. Acompañado por el reverendo Duckworth y por las tres hermanas Liddell: Lorina Charlotte (13), Alice (10) y Edith (8), el calor era tan sofocante que obligó al grupo a refugiarse en la orilla del río, a la sombra de unos almiares. Había que matar el rato de alguna forma, así que Carroll empezó a improvisar una serie de historias disparatadas que llamó Las aventuras subterráneas de Alicia, pues de las tres hermanas era ella la que más se entusiasmó y la que luego le insistió para que las pusiera por escrito. Esa noche Carroll la pasó en vela intentando recordar la extravagante historia, aunque en realidad empezó a escribirla e ilustrarla cuatro meses después, teniendo listo su mejor regalo de Navidad para la pequeña Alice en 1864. Los MacDonald, amigos suyos, le insistieron para que publicara el libro, así que se animó y lo reescribió, añadió dos capítulos, amplió otros dos y contrató a John Tenniel a quien debemos 42 ilustraciones maravillosas. De los 2.000 ejemplares de la primera edición inglesa de MacMillan and Co. de 1865 sólo se conservan 23, de las cuales 17 pertenecen a distintas bibliotecas y las 6 restantes están en manos privadas. Suertudos ellos… Aunque a alguien le salió un pelín caro, pues en 1998 pagó 1,5 millones de dólares en una subasta, convirtiéndose así en uno de los libros para niños más caros de la historia, y al ganador en un loco desesperado por un Wonderland.

Un wonderland que más bien es un nonsense land, con apresurados conejos blancos con chaqueta y reloj de bolsillo con leontina; sombrereros locos (hartos de inhalar mercurio para procesar el fieltro); desafiantes gatos de Cheshire que desaparecen dejándonos con interrogantes y sonrisas en el aire (al parecer los gatos del puerto de Chester, donde había un almacén de quesos, eran los más felices del reino, pues cuando atracaban los barcos llenos de queso también lo hacían los ratones); reinas de corazones sin corazón que gritan antes de pincharse; setas gigantes que a más de uno le ahorrarían arduas dietas; pasadizos secretos y puertas a otros mundos; orugas azules fumando narguiles expertas en psicoanálisis; lacayos con cabeza de pez, ¿o de rana?; sopas demasiado cargadas de pimienta que agrían el carácter; bebés que son cerdos, ¿o cerdos que son bebés?; rosales pintados; naipes que son súbditos que son naipes; un criquet peculiar con erizos y flamencos; grifos durmientes; falsas tortugas deprimidas que cantan sobre una típica receta victoriana, la falsa sopa de tortuga; y juicios donde se prueba que al final, todas las tartas regresan a su dueño. ¡Qué alivio!

¿Cómo todo este mundo absurdo no iba a ser fuente inagotable de inspiración? Desde The Beatles a Gwen Stefani pasando por Tom Waits; desde Salvador Dalí a James Joyce y su Finnegans Wake; desde la primera adaptación cinematográfica de Cecil Hepworth en 1903, en la que interviene toda su familia —gato incluido—, hasta las otras diez adaptaciones, como la de 1951 producida por Walt Disney a la recién estrenada versión de Tim Burton.

Se me ocurre que cada 4 de mayo podríamos quedar para una tarde de té «insufrible», acompañándolo de azúcares y golosinas (pues todos sabemos que mejoran el carácter) y un poquito de láudano, para plantearnos acertijos sin respuesta y reírnos a destajo. Porque todos necesitamos un Wonderland si no queremos acabar en las «antipáticas»… ¿Verdad?

jueves, 11 de marzo de 2010

Rojo

El rojo es el primer color que conoce el hombre, el de su propia sangre; sangre que ofrecía a los dioses y que usaba para fertilizar cultivos. Adán significa «hecho de arcilla roja» y la manzana del pecado no podía ser de otro color. Ese primer instante en la historia de la humanidad sólo podía ser rojo, como lo es el lugar al que nos condenó la tentación de Eva, rojo y caliente.

Al rojo lo llaman el rey de los colores. Es el primer color que ven los bebés al nacer, el que distinguimos con más facilidad sobre cualquier fondo y el que nunca nos deja indiferentes. Es rompedor e indispensable en publicidad, y por su alta visibilidad, es óptimo para señalizar obligación, peligro, emergencia, máxima velocidad, atención, expulsión, parada o prohibición, los precios rebajados, el saldo negativo, las correcciones y los días libres en el calendario. Sin duda es el rey, pues junto con el púrpura, es el color de quien se siente poderoso; lo han llevado cardenales, reyes, emperadores y nobles. Las tapicerías rojas decoran los lugares donde se toman decisiones importantes y los grandes teatros, y la alfombra roja recibe a las personalidades. El rubí es una de las piedras más preciosas, y la seda roja es el tejido más caro. Por eso, el rojo es también el color del lujo y del buen vino.

Marte, el dios de la guerra, es rojo. Y se nos enciende la mirada cuando nos enfadamos, pues el alma de la guerra es roja. También es el color de la revolución y de los movimientos obreros, pues simboliza la sangre del proletariado e identifica el comunismo. Precisamente, el pigmento rojo proviene de la China, donde es una sustancia muy apreciada; allí es el color de la buena suerte y se usa en abundancia, aunque en abundancia nos pone nerviosos y nos estresa…

Los órganos sexuales, junto con la lengua y los labios, son la parte más roja del cuerpo humano; y más roja se pone todavía cuando nuestro inconsciente se desvía hacia la única cosa en la que pensamos, como mínimo, sesenta veces al día: sexo. El rojo es el color que se usa para provocar, pensemos sino en el pintalabios, todo un clásico… Un insecto, la cochinilla hembra, contiene el secreto del colorante más intenso y permanente de rojo que existe, el carmín. Desde los aztecas, este bicho que habita entre cactus se cría, se mata, se seca y se diluye en agua para luego convertirlo en un polvo que se usa en todo. ¿Os suena E-120? Omnipresente… ¿Y las emociones? ¿Qué color pondríais al dolor, la revolución, la venganza, la pasión, el riesgo, el odio, la ambición o la violencia? ¿Y al amor? ¿De qué color pintaríais el amor?

Es un color cargado de simbolismo. En la novela La letra escarlata (1850) de Nathaniel Hawthorne, la protagonista acusada de adulterio debe «lucir» su pecado con una letra A roja cosida a su ropa. Ingmar Bergman imaginaba el alma humana de color rojo, por eso en Gritos y susurros (1972) utiliza este color para reflejar la angustia del amor. Francis Ford Coppola en La ley de la calle (1983) usa el rojo para pintar los deseos de libertad de quien se siente cautivo. En La lista de Schindler (1993), una niña judía vestida de rojo pasa desapercibida delante de los militares alemanes; con este rojo Steven Spielberg expresa su rabia contra la pasividad de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Sam Mendes en American Beauty (1999) ve el rojo como el fin de la edad de la inocencia y el amor recién estrenado…


Mi corazón es rojo sin duda. Ni gris ni de piedra, sino rojo rubí. Al rojo vivo y vivo al rojo. ¿De qué color es tu corazón?

[Mark Rothko, No. 301 Red and Blue over Red, 1959]

miércoles, 3 de marzo de 2010

Sant Medir o la fiesta más dulce

Cuenta la leyenda, que sobre el año 303 Medir era un campesino que vivía cerca de donde hoy se encuentra la ermita construida en su honor. Una mañana, mientras plantaba habas*, recibió la visita del obispo Sever quien, perseguido por los romanos y temiendo por su vida, había decidido huir a Barcelona (Barcino) pasando por Sant Cugat (Castrum Octavianum). Sever le explicó el motivo de su huída y, resuelto a morir por la fe de Jesucristo, le pidió a Medir que, si alguien preguntaba por él, dijera la verdad, que le había visto. Así ocurrió, aunque el payés infeliz no sospechaba que por el cumplimiento de su promesa pagaría también un precio muy alto. Quizás por eso, las habas, testigos del fatal conjuro, crecieron y florecieron de repente, produciéndose así el milagro que hizo santos a los dos mártires. Porque efectivamente, al final, obispo y campesino fueron capturados y ejecutados por orden de Diocleciano. En 1828, Josep Vidal y Granés, panadero y devoto de Sant Medir, prometió al santo que, si mejoraba su precario estado de salud, cada año, en el día de su festividad (3 de marzo), peregrinaría en burro hacia su ermita situada en la sierra de Collserola pregonando su cometido a todo el que saliera a su encuentro. Y ¡zas! Funcionó. Josep mejoró y, agradecido, en 1830 puso en marcha la que fue la primera romería; para llamar la atención, lanzaba caramelos y dulces que cargaba en las alforjas. Año tras año la fiesta fue adquiriendo mayor importancia, y en 1853 ya congregó a unas 300 personas. Hoy día, 180 años después, participan unas 27 cofradías de los barrios de Gracia, Sarrià, Sant Gervasi y La Bordeta, que se reúnen a primera hora de la mañana en sus respectivos locales para congregarse luego a mediodía en la ermita de Sant Medir. Al atardecer bajan todas en procesión por la calle Gran de Gracia hasta Jardinets, lanzando toneladas de caramelos (parece que este año van a ser 6) desde camionetas, carrozas y caballos.

Habré asistido a esta tradición una treintena de veces… Primero de bebé, alucinada y con los ojos como platos viéndolo todo desde el balcón, moviéndome al compás de los tambores; luego con pocos añitos desde la portería de casa, protegiéndome de los dulces balazos; más tarde, de adolescente, soñaba en secreto que era majorette, pero me negaba displicente a bajar a la calle y me quedaba, de nuevo, en el balcón, cazando al vuelo los caramelos con ayuda de un paraguas colgado del revés, porque entonces me parecía muy «cutre» agacharse para coger unos caramelos rotos, casi siempre de anís, y pringarse con mierda de caballo… Luego recobré el entusiasmo y la alegría por la cita anual, perpetuándola comiendo los mismos caramelos de un año para otro; y ahora, ya madre de dos, revivo la fiesta de nuevo con mirada infantil…

*Definitivamente, algo misterioso envuelve las habas… Sabemos que se usan tintadas en rituales masónicos para dirimir discrepancias mediante sufragio; y hay la creencia que son el germen mineralizado del Sol a través del cual la Tierra entrega a los hombres sus frutos más profundos y nutritivos, de ahí nace la costumbre de poner un haba en los roscones de Reyes como señal de buena suerte para el año que empieza. (Sí sí, resulta que el afortunado no es al que le toca la figurita real…). En Egipto, los campos de habas eran el Ka, la antesala donde los muertos esperaban su turno para salir a la luz y reencarnarse. Esta misma superstición se respetó en Grecia hasta que Pitágoras, desafiando los maleficios que suponía pisotear a los difuntos, cruzó un campo de habas poniendo fin a la creencia… Aunque no del todo, pues en las bodas se siguieron arrojando habas a los novios para que engendraran hijos varones que reencarnaran las almas de sus antepasados. Más cerquita, en el Vallés, los campesinos creen que las habas de Sant Medir convierten un campo estéril en uno productivo, del que además crecerán habas sin mancha negra… ¡Ay!

[No seamos tontos del haba y disfrutemos de la fiesta más dulce, que en situaciones de habas contadas como la presente, debemos echar las habas y conjurar la buena suerte, tan necesaria para todos, pues en todas partes se cuecen… habas, claro.]