miércoles, 3 de marzo de 2010

Sant Medir o la fiesta más dulce

Cuenta la leyenda, que sobre el año 303 Medir era un campesino que vivía cerca de donde hoy se encuentra la ermita construida en su honor. Una mañana, mientras plantaba habas*, recibió la visita del obispo Sever quien, perseguido por los romanos y temiendo por su vida, había decidido huir a Barcelona (Barcino) pasando por Sant Cugat (Castrum Octavianum). Sever le explicó el motivo de su huída y, resuelto a morir por la fe de Jesucristo, le pidió a Medir que, si alguien preguntaba por él, dijera la verdad, que le había visto. Así ocurrió, aunque el payés infeliz no sospechaba que por el cumplimiento de su promesa pagaría también un precio muy alto. Quizás por eso, las habas, testigos del fatal conjuro, crecieron y florecieron de repente, produciéndose así el milagro que hizo santos a los dos mártires. Porque efectivamente, al final, obispo y campesino fueron capturados y ejecutados por orden de Diocleciano. En 1828, Josep Vidal y Granés, panadero y devoto de Sant Medir, prometió al santo que, si mejoraba su precario estado de salud, cada año, en el día de su festividad (3 de marzo), peregrinaría en burro hacia su ermita situada en la sierra de Collserola pregonando su cometido a todo el que saliera a su encuentro. Y ¡zas! Funcionó. Josep mejoró y, agradecido, en 1830 puso en marcha la que fue la primera romería; para llamar la atención, lanzaba caramelos y dulces que cargaba en las alforjas. Año tras año la fiesta fue adquiriendo mayor importancia, y en 1853 ya congregó a unas 300 personas. Hoy día, 180 años después, participan unas 27 cofradías de los barrios de Gracia, Sarrià, Sant Gervasi y La Bordeta, que se reúnen a primera hora de la mañana en sus respectivos locales para congregarse luego a mediodía en la ermita de Sant Medir. Al atardecer bajan todas en procesión por la calle Gran de Gracia hasta Jardinets, lanzando toneladas de caramelos (parece que este año van a ser 6) desde camionetas, carrozas y caballos.

Habré asistido a esta tradición una treintena de veces… Primero de bebé, alucinada y con los ojos como platos viéndolo todo desde el balcón, moviéndome al compás de los tambores; luego con pocos añitos desde la portería de casa, protegiéndome de los dulces balazos; más tarde, de adolescente, soñaba en secreto que era majorette, pero me negaba displicente a bajar a la calle y me quedaba, de nuevo, en el balcón, cazando al vuelo los caramelos con ayuda de un paraguas colgado del revés, porque entonces me parecía muy «cutre» agacharse para coger unos caramelos rotos, casi siempre de anís, y pringarse con mierda de caballo… Luego recobré el entusiasmo y la alegría por la cita anual, perpetuándola comiendo los mismos caramelos de un año para otro; y ahora, ya madre de dos, revivo la fiesta de nuevo con mirada infantil…

*Definitivamente, algo misterioso envuelve las habas… Sabemos que se usan tintadas en rituales masónicos para dirimir discrepancias mediante sufragio; y hay la creencia que son el germen mineralizado del Sol a través del cual la Tierra entrega a los hombres sus frutos más profundos y nutritivos, de ahí nace la costumbre de poner un haba en los roscones de Reyes como señal de buena suerte para el año que empieza. (Sí sí, resulta que el afortunado no es al que le toca la figurita real…). En Egipto, los campos de habas eran el Ka, la antesala donde los muertos esperaban su turno para salir a la luz y reencarnarse. Esta misma superstición se respetó en Grecia hasta que Pitágoras, desafiando los maleficios que suponía pisotear a los difuntos, cruzó un campo de habas poniendo fin a la creencia… Aunque no del todo, pues en las bodas se siguieron arrojando habas a los novios para que engendraran hijos varones que reencarnaran las almas de sus antepasados. Más cerquita, en el Vallés, los campesinos creen que las habas de Sant Medir convierten un campo estéril en uno productivo, del que además crecerán habas sin mancha negra… ¡Ay!

[No seamos tontos del haba y disfrutemos de la fiesta más dulce, que en situaciones de habas contadas como la presente, debemos echar las habas y conjurar la buena suerte, tan necesaria para todos, pues en todas partes se cuecen… habas, claro.]

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