lunes, 19 de abril de 2010

Claus Porto

El pasado huele a jabón. En mi caso, es una verdad como un templo. Las pastillas negras del jabón Magno de La Toja son sin duda un paisaje de mi infancia. Siempre presentes en casa de mis abuelos, me fascinaba ver cómo una pastilla negra, el color de la suciedad por excelencia, servía precisamente para eliminarla. También me encantaba encontrarme en los cajones de la ropa interior de mi madre pastillas de jabón pequeñitas, de esas que te regalan en los hoteles. Y me gusta la jabonera de plata de mi padre, que había sido de mi abuelo, y la sensación de cumplir con un ritual añejo cada vez que levanto la tapa con las iniciales de la familia y huelo ese aroma a vetiver. Y quizás por eso en mi boda regalamos una pastilla de jabón a los invitados, y siempre tengo más jabones de los que necesito… Esta afición particular por los jabones ha permanecido en mí hasta hoy. Y los Claus Porto y toda la filosofía que impregna su fabricación no hacen sino aumentarla y reafirmarla.

La primera fábrica de jabones y perfumes portuguesa se fundó en Oporto en 1887 por Ferdinand Claus y Georges Ph. Schweder, dos alemanes que vivían en Portugal, en una época en la que este tipo de productos eran de importación y se consideraban un privilegio de las clases pudientes. La fábrica empezó con buen pie y en 1903 alcanzó cierta popularidad, pero la participación de Alemania en la Primera Guerra Mundial forzó el exilio de los dos fundadores y su cierre… Momentáneo. Pues su aliado portugués, Achilles de Brito, y su hermano Alfonso, tomaron el relevo y fundaron una nueva compañía en las mismas instalaciones, la Ach. Brito & Co., y siguieron produciendo jabones bajo la misma marca Claus Porto. Esta nueva compañía pronto creció y ganó fama por la innovación, la calidad y el packaging de sus productos; invertían mucho dinero en el i+D de entonces, para mejorar los aromas, la textura, e incluso crearon su propia litografía, para poder pintar todas las etiquetas a mano. En la década de los 40 logró consolidarse en el mercado nacional y en las colonias portuguesas y empezó también a exportar sus productos al Reino Unido y a los Estados Unidos. El negocio sufrió un poco en los años 80 debido a la pérdida de las colonias africanas, la dura competencia de las multinacionales y los nuevos canales de distribución, pero en los 90 Claus Porto se posicionó de nuevo en el mercado como un marca de calidad presente tanto en hipermercados y grandes cadenas como en pequeños comercios y farmacias. En 1994 firmaron una alianza con la compañía americana Lafco que ayudó a consolidarla como la marca de los «artesanos del jabón».

Y con razón. Claus Porto produce los mejores jabones que podáis imaginar, siguiendo el mismo método desde hace más de 120 años y casi todo a mano. La pasta de jabón se muele siete veces, para que así expulse todo el aire y tenga una textura cremosa, un aroma duradero y larga resistencia. Luego las pastillas se laminan y se sellan, una a una, con las mismas máquinas a pedal que se usaban hace más de 70 años, y se dejan «madurar» durante tres semanas, para una mejor consistencia. Finalmente, cada pastilla de jabón se envuelve a mano, siguiendo un proceso minucioso y delicado. Y el packaging… es la guinda del pastel. Cada gama de jabones tiene su propia marca y envoltorio distintivo, y cada uno de los diseños y de las etiquetas se inspira en los modelos de la litografía que creó la compañía en los años 50.

Los Claus Porto son más que jabones, como las Harley Davidson son más que motos… Pequeñas obras de arte que aportan el lujo a lo cotidiano.

[En Barcelona los encontraréis en Debany – 93 418 5793]

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