viernes, 5 de noviembre de 2010

Glenn Gould

Bach me apasiona, desde siempre. Es delirante, y dejarte mecer por sus cadencias te lleva a paisajes jamás imaginados, paisajes que todos llevamos dentro y a los que sólo llegamos a través de la música. Pero Bach además me llevó a Glenn Gould. Recuerdo perfectamente el momento: Nueva York, una helada tarde de febrero hace ya 9 años (ostras), en casa de unos amigos en Williamsburg, bebiendo vino caliente y de fondo esa música… Me hablaron de Gould y de su magia, y en ese mismo instante pasé a engrosar la lista de los fanscinados por su extraordinaria forma de entender la música, que ha dado tanto que hablar (Thomas Bernhard y su El malogrado (1983), el documental Les Variacions Gould (1992), la película Thirty Two Short Films About Glenn Gould (1993) y un largo etcétera). Y si finalmente el cargamento de la Voyager 1, compuesto por «muestras representativas de actividad humana», entre ellas una grabación de Gould del preludio y fuga nº. 1 del clave bien temperado de Bach, hubiera llegado a destino cumpliendo así su misión, es decir, entrar en contacto con vida extraterrestre, seguro seguro que los hombres de verde hubieran caído rendidos a sus manos. ¿Os imagináis la escena?

Yo estudié piano muchos años, y ver a Glenn Gould pasarse por el forro todas las convenciones y academicismos es un verdadero placer. Sobre todo en lo que afecta a sus músicos predilectos, Schoenberg y Bach. En el conservatorio querían que todos los alumnos tocáramos Bach de la misma forma. Respeto absoluto por los tempos, por la forma de apoyar las manos, por los pedales… Y eso, señores, es pecado, con cualquier interpretación, pero con Bach más que con nadie. Gould viajaba por libre, unos le odiaban y otros le adoraban, pero todos coincidían en una cosa, su genialidad.

Nació en Toronto en el seno de una familia de músicos. De hecho, fue su madre quien le sentó al piano la primera vez y quien le enseñó a tocar, hasta que a los diez empezó a asistir a clase en la Royal Conservatory of Music. A los 13 años dio su primer concierto (al órgano) y su primera aparición con orquesta fue al año siguiente, junto a la Orquesta Sinfónica de Toronto. En 1947 hizo su primera actuación pública y en 1955, a los 23 años, ya era una celebridad a nivel mundial, alimentada por su particular visión de la música, su iconoclasia y sus excentricidades personales.

Pues sí… Menudo personaje. Estaba cargado de manías. Se presentaba en el escenario con mitones, abrigo y bufanda, independientemente del calor que hiciera, acarreando su propia silla desvencijada de madera con respaldo y casi sin asiento, con las patas recortadas que apenas le dejaban levantar un palmo de nariz por encima del teclado. Durante las grabaciones a menudo se oye su propia voz, cantando, hablando, murmurando vete a saber qué. Yo creo que habla con Bach, si es que eso es síntoma del síndrome de Asperger. Sólo tocaba con su piano, y se lo llevaba «a cuestas» costara lo que costara; mantenía su vida privada con sumo recelo, aunque se sabe que a pesar de su fortuna, vivía en un modesto apartamento junto a su estudio, casi siempre solo, pues dijo «el aislamiento es sin duda la única forma de alcanzar la felicidad». Trabajaba sin cesar, grabando para la radio (medio que le apasionaba), actuando para televisión, dando conferencias, escribiendo, etc. De hecho, se autodefinía como «un escritor canadiense, compositor y locutor a quien da la casualidad que, en sus ratos libres, le gusta tocar el piano».

En 1964 anunció su retirada, justo cuando era una auténtica figura internacional. ¿Por qué? Porque detestaba el directo; de hecho elegía sus conciertos con sumo recelo (apenas ofreció 40 conciertos al otro lado del Atlántico). Gould fue un músico de estudio y un precursor en el uso de las técnicas digitales aplicadas a la música clásica, llegando a ser un verdadero experto. Rompió moldes (bendito él), pues con su método dejaron de estar claros los límites que separaban el papel del compositor, el del intérprete y el de la audiencia. Cada grabación la preparaba minuciosamente, y nunca regrabó nada, con la excepción de las Variaciones Goldberg, cuya primera versión grabó en 1955, al inicio de su carrera, y la segunda en 1982, poco antes de morir, con 50 años y de un infarto cerebral…

Esa fatal noche a Gould le explotó la cabeza por un exceso de música. A veces, poquitas, cuando escucho las Variaciones Goldberg, un escalofrío recorre mi columna, pues pienso que si las escucho muy muy intensamente, también me va a explotar la cabeza a mí. Así que siempre las pongo de «fondo» y me aplico en otra cosa...

¿Tienes miedo de alguna música tú?

1 comentario:

Suskiin dijo...

Leia tu comentario sobre Gould y no he podido remediar buscarle en el Spotify. Suena francamente genial. Me lo quedo!