domingo, 6 de abril de 2014

Gilgames, Rey de Uruk · Anónimo (s. XII a.n.e.)

Qué terrible ser un hombre normal y no querer reconocerlo. Qué desastrosas pueden ser las consecuencias de quien no acepta sus propias limitaciones... Aunque también hay que reconocer la grandeza y la osadía de quien lucha contra su propia naturaleza para alcanzar su no-destino. Gilgames, Rey de Uruk, es un gran ejemplo, y quizás también, el primero de todos en la tradición literaria occidental.

Gilgames es un hombre normal. Aunque "dos tercios Dios, un tercio hombre", y aunque rey de Uruk, es mortal. Y cuando ve la muerte en los ojos de su amado amigo Enkidu, se da cuenta de que su sed insaciable, la respuesta a todas sus preguntas, es escapar a la muerte. Por eso decide emprender un largo y peligroso viaje, huyendo de esa muerte y buscando la receta de la vida inmortal. Gilgames atraviesa unos escarpados montes guardados por hombres-escorpión, sigue la ruta nocturna del sol y cruza el mar de la Muerte, pero todo es inútil. Al final, todo vuelve alguna vez a su punto de partida: Uruk.

A Gilgames sólo le queda lo que antes ya tenía: su propia historia. Es sólo lo que ya era antes: un hombre normal enfrentado a su muerte. Enriquecido, eso sí, por la certeza de la inutilidad de su empresa; ésta es la gran enseñanza, la sabiduría de las cicatrices. Su destino no es más que el destino de todo hombre: hacer bien las cosas, protegerlas, pasárselo en grande, y luego morir. [Y aceptar que el hombre individuo es mortal y que lo único inmortal es la humanidad. Por contra, la humanidad es mediocre y la genialidad radica en lo particular. Viva lo mortal, viva la diferencia, el poder del matiz.]