viernes, 6 de enero de 2017

La Orestíada | Prometeo encadenado · Esquilo (s. V a.C.)

En la mitología griega, Prometeo (en griego antiguo Προμηθεύς, ‘previsión’, ‘prospección’) es el Titán amigo de los mortales, honrado principalmente por robar el fuego de los dioses, darlo a los hombres para su uso y posteriormente ser castigado por Zeus por este motivo. Como introductor del fuego e inventor del sacrificio, Prometeo es considerado el Titán protector de la civilización humana, a la que también enseña a predecir el movimiento de las estrellas, los números, la escritura, el uso de los animales para trabajos agrícolas, las medicinas, el arte de la adivinación, el modo de interpretar los sueños, el modo de hacer señales con el fuego y los minerales bajo tierra.

El mito prometeico en la cultura ha adoptado un sinfín de formas y atributos. Obras literarias (La estatua de Prometeo, un drama de Calderón de la Barca; Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley; poemas de Goethe y de Lord Byron), cuadros como el de Rubens de la imagen; música (la ópera homónima de Carl Orff; Die Geschöpfe des Prometheus, op. 43 de Ludwig van Beethoven; Prometeo, poema sinfónico n.º 5 de Franz Liszt...). Hasta encontramos a Prometeo en la estatua dorada del Rockefeller Center de Nueva York, con líneas de Esquilo inscritas debajo.


¡Oh, divino éter y viento de alas rápidas; oh, fuentes de los ríos, y perpetua risa de las marinas olas; oh, tierra madre universal y círculo omnividente del sol: ¡yo os invoco! ¿Soy un dios pero me hallo aquí sufriendo por obra de los mismos dioses!

¡Mirad los ulrajes a que he sido sometido para la eternidad! Tal es la infame cadena que ha urdido contra mí el joven caudillo de los felices. ¡Oh! ¡Oh! Gimo por mi sufrimiento presente y futuro sin saber hasta cuánto habré de padecer.


Pero ... ¿qué digo? Sé muy bien todo lo que habrá de suceder y ninguna imprevista desgracia hará presa de mi. Debo, sin embargo, conformarme con mi suerte que ya ha sido decretada por el invencible.

¡Pero no puedo hablar de mis desdichas y tampoco puedo dejar de hacerlo! ¡Oh, oh, oh! ¡Qué suerte la mia! Por haber proporcionado una dádiva a los mortales, heme aquí uncido al yugo de este suplicio. Cuando en el tallo hueco de una caña lleve el manantial del fuego robado, que es para los mortales maestro de todas las artes y un poderoso recurso, jamás pensé que terminaría como estoy. ¡Por ese acto pago ahora la pena sujeto por innumerables cadenas bajo el éter!